Reflexiones de una pedagoga…

Muchas veces se explican las conductas de las personas a través de las experiencias familiares, diciendo que  todo  depende de la educación. Es verdad que tiene  gran incidencia, pero no es la  única flecha que  apunta a la diana. Si esta afirmación fuera taxativamente cierta,  las personas seríamos como “cajas negras” y no seríamos responsables de nuestros actos. Desde esta perspectiva, el mundo lo formamos personas sin conciencia ni consciencia, que perpetuamos patrones y conductas sin cuestionarnos nada,  de forma sistemática. Si esta premisa fuese siempre cierta,

¿Por qué dos personas con una educación similar escogen caminos tan diferentes en la vida?

resilienciaLa realidad es que la iniciativa personal y  la resiliencia es lo que marca la diferencia, sobre todo  si tenemos en cuenta que las vidas y las formas de vivirlas  son intercambiables. Se entiende por resiliencia la  capacidad que tiene una persona de recuperarse frente a la adversidad para seguir proyectando el futuro. En ocasiones, las circunstancias difíciles o los traumas permiten desarrollar recursos que se encontraban latentes y que la persona desconocía hasta el momento.

“Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia”. Honoré de Balzac.

El mundo es puro movimiento, generado por las interacciones de las personas.  Entre los/as humanos/as, personas que no se conforman y que encuentran las herramientas para hacer que las cosas cambien, generando una inercia positiva.

No todos los seres humanos son personas… Existe una diferencia significativa  entre el concepto de persona y el de ser humano. La Persona es un ser que posee una serie de cualidades como autorreflexión y conciencia y, de hecho, no todos los seres humanos tienen esas cualidades. Por tanto, ambos términos no coinciden, el término de persona no es sinónimo al de ser humano. El mundo necesita más PERSONAS, en MAYÚSCULAS.

Esta idea no está reñida sino todo lo contrario,  con la importancia de contribuir y sumar a través de la educación. Una buena comunicación familiar ayuda a formar personas más libres, autónomas, responsables y FELICES. Lo hace dotando de herramientas duraderas que servirá de escudo protector ante riegos inevitables. La realidad es que hay caminos  que hacen que el viaje sea más fácil.

¿Amor (in)condicional? ¿Es posible aceptar a los hijos/as cuando no aceptamos sus conductas, a pesar de lo mucho que las queramos? ¿Cómo incide esto en las personas?

cooperarEs realmente complicado aceptar a las personas cuando no aceptamos sus conductas.  Lo que a mí me parece aceptable puede no serlo para ti o, por lo menos, no  en el contexto en donde se desarrolla. El tinte de esta visión depende de los enraizamientos culturales, sistemas de valores, reconocimiento propio y de los demás, iniciativas personales y de la mochila. La mochila (situación presente + situaciones pasadas) simboliza  todas las experiencias vivenciales que llevamos cargadas a nuestras espaldas y de cómo las gestionamos emocional y prácticamente. Esta suma  de factores  construye nuestra  identidad e incide en la forma en la que se entiende  el mundo y las relaciones humanas.

Cuando la inmensa mayoría de las conductas de las personas que nos rodean las percibimos como inaceptables o intolerables, actuamos en consecuencia y mostramos  a los demás, en este caso a nuestros hijos/as, que lo que hacen no es correcto, que está mal. Esta visión va a condicionar la manera en la que nos relacionamos, de forma consciente o inconsciente.

A través de lo que decimos y de cómo lo decimos, mostramos aprobación, rechazo o indiferencia. Cuando la mayoría de las conductas se califican como  inaceptables, es muy complejo que los hijos/as sientan que son aceptados/as, a pesar de que se les diga que se les quiere como son. En este punto perciben  incoherencia entre lo que se les dice y lo que se hace, rechazando en muchas ocasiones a los padres y madres como fuente de ayuda. La comunicación se ve condicionada por los pensamientos.

Si realmente pensamos  que la mayoría de conductas de los demás son inaceptables, debemos probar a  cuestionar nuestro nivel de transigencia (con nosotros/as mismos/as y con lo demás) y   valorar cuáles son los motivos por los  que nos parecen intolerables. De esta forma constataremos si estos motivos son siempre lo suficientemente sólidos para apoyar nuestras acciones, y  mantenernos en esta posición de forma tan firme.

educar_adolescentesTambién nos ayudará no perder de vista cuál es nuestro objetivo, más allá de las emociones que nos invaden en el momento. En ocasiones, tendremos  que plantearnos si estamos haciendo lo correcto para llegar a él y cómo desglosarlo  en metas de orden inferior, pero igual de necesarias para conseguir nuestro fin. De esta forma nos  asegurarnos  si ese objetivo es compartido con nuestro/a hijo/a o sólo responde a nuestros intereses, y debemos reformularlo.

Es posible establecer nuevas metas que nos ayuden a fomentar la interdependencia positiva y así percibir concordancia tanto en el qué como en el cómo.

Decimos que algo es “normal” o no lo es, obviando en muchas ocasiones, que la normalidad en sí misma no tiene sentido. La normalidad cobra valor comparándola “con algo”, de hecho, la normalidad es la subjetividad del grupo normativo, en este caso, de nuestro criterio.

Carolina Arrojo- pedagoga